lunes, 30 de marzo de 2015

La casa frente al teatro Mora (proyecto)

Borrador 7, Viñeta 1: Encuentro de Sundhaim con la abuela de Paca la de Peguerillas (Proyecto de la estación de Zafra y premonición de los años 40)

 

Se me ha olvidado la historia. Así, posiblemente fue cómo lo soñé.  He trato de recuperar unas cuantas imágenes, pero las palabras alteran la morfología de los sueños.


A los extranjeros les pareció una apostasía, una herejía contra el progreso y la ciencia, aquella jerigonza apocalíptica y fratricida que desarticuló entre supersticiones y amenazas inconexas la abuela de Paca la de Peguerillas. Allí se les plantó inquietante, como una alucinación goyesca, en su revoltijo de arrugas y de mantones para advertirles lo que se nos iba a echar encima.



Eran hombres modernos y con objetivos muy claros.  Había que finalizar lo antes posible el proyecto de construcción de la línea ferroviaria Zafra-Huelva. Los empresarios alemanes habían hecho todo lo que estaba en sus manos para convencer a Hugh Matheson de que le comprara las minas al gobierno español. Matheson comprendió muy bien sus argumentos. Los socios alemanes conocían bien aquel lugar (al fin del mundo, habían descrito los cronistas romanos). Además, la inestabilidad política de la península y su endeudamiento crónico les había puesto las cartas a su favor.  Se dieron prisa en aprovechar la crisis total provocada por el reinado de Amadeo de Saboya, logrando hacerse con el pleno dominio de este regalo único de la naturaleza a precio de ganga.  Y adquiridas las minas, se les hacía imperante un acceso más fácil a los yacimientos de pirita y facilitar el transporte de los minerales al muelle del Tinto.  Ni qué decir de continuar con la tradición de cargar el material en cestas de esparto a lomos de hombre y de mulas – se reía Doestch dándole bocanadas a su inseparable habano en el salón-biblioteca tan elocuentemente británico de la residencia de Matheson en Belgrave Square.



El tren era el modo más barato y eficiente para sacarlos de la península rumbo a las islas, y los franceses parecían haberse olvidado de esta región del suroeste. Se trataba de una línea secundaría de corta distancia, y considerando que las minas se habían transformado en la última década en uno de los más prolíficos yacimientos, no entraba en su agenda ningún riesgo de pérdida. Ellos desembolsarían el capital para invertir en esta zona. Uno de los proyectos de mayor dimensión del mundo moderno, había anunciado en sus titulares la prensa británica. Los impulsaba ese optimismo positivista, pero también irracional, propio de los que marchaban viento en popa y a toda vela en esa marejada de oportunidades que les brindó a algunos privilegiados la Revolución Industrial.



Se dirigían a lo alto del Conquero. Sundhaim iba a menudo. Procedente de una región interior, nunca había podido llegar a imaginarse la fascinación que le produciría observar aquel fenómeno extraordinario del flujo y reflujo de las mareas. La mar avanza y filtra la tierra. La inunda. Se apodera de ella para rememorar el origen, sólo pequeños islotes de junquillos y hierbas marinas a los que acuden gaviotas bulliciosas y alguna que otra cigüeña flotando a la deriva. El momento de la pleamar y todo se detiene fuera del tiempo. Un cambio en la brisa, un leve giro en la posición de las proas, para que la tierra ávida de vida se la trague a sorbos y vuelva a exponer en su constante ciclo el secreto de lodo de sus pantanos. Cangrejos obscenos que voraces penetran todos sus orificios. Avispas zumbando entre algas y moluscos que ha olvidado la mar en su descenso. Un aire salitroso a placenta que Sundheim respira hasta lo más hondo. No se lo dijo nunca a nadie, le avergüenza, pero le fascinaba el olor que exhalaban las marismas.



Se había familiarizado con los cabezos buscando puntos estratégicos para observar las marismas cambiantes y el encuentro de los ríos con el mar océano. Sin embargo, subir al Conquero no sólo era una manera de vigorizar los pulmones y las piernas y disfrutar de las vistas del estuario. Desde estos puntos estratégicos también podía observar panorámicamente la materialización de sus planes. Y Doestch ha aceptado acompañar a su socio. Quizás hubiese preferido quedarse cómodamente sentando en uno de esos sillones de cuero con ceniceros empotrados en los brazos de caoba tallada que tanto habrían de impresionar a Regina cuando desde el marco de la puerta vislumbrara de refilón la sala de billares del Hotel Colón y un letrero con unas palabras indescifrables “Only men”.



No son amigos de perder el tiempo y aprovechan esta excursión aeróbica para a hacer cálculos, buscar soluciones, discutir agendas. Era importante tratar personalmente muchos asuntos antes de que Doestch regrese a Londres. Los detiene de súbito una aparición.  No se imaginan de dónde ha podido salir tan de repente aquella bruja goyesca que les cecea contorsionado las mandíbulas para que las encías encallecidas logren asignar significados a su salmodia. Aquella aparición que los ha interrumpido en su caminata por el descampado de la cuesta del Carnicero les produce una repugnancia visceral, asco a lo fétido, a lo amoral de toda decadencia. Pero, sobre todo, les personifica ese horror abyecto e innombrable a lo que transgrede los límites de la lógica.



Se ha aproximado a mendigarles, a venderles unas ramas de romero a los alemanes que no tienen tiempo para perder su ritmo, que no entra en sus planes detenerse a atender las razones de una apestosa vieja, o que temen que los asalte la arqueología obscena de los Grimm o el inconsciente de Hoffmann. Un ramito de romero de la buena suerte. Y ellos hacen todo lo posible por no entenderla o por exorcizar sus demonios, que tal vez sea lo mismo. Rocío marino, romero santo, santo romero que hace salir lo malo pa’ que entre lo bueno. Si hubiesen dialogado con ella con las razones de Fausto. . . Mala sería la llaga que no sanase el romero.



Desde entonces confundirían la fragancia hipnótica de la hierba con el tufo rancio que desprendía la buhonera y empezaron a aborrecer las tardes del cálido invierno onubense cuando el aire se plagaba con los sahumerios de los braseros de cisco. Porque esas copas que tantas veces abastecimos con la carga que traíamos de la carbonería y a las que aromatizábamos con una ramita de romero, marcaban la estación de los sueños cuando los despertaban los silbatos de otros trenes imposibles. 




Quizás fuera por repugnancia o simplemente por no comprender la necesidad de aceptarla o acaso por desidia, le rechazan la rama con gestos contenidos y monosílabos.  Uno de ellos, tal vez el más alto, le echa sin llegar a rozarla ni a mirarle a los profundos ojos unas monedas en el cestón. Como si por el hecho de tocarla, la calamidad pudiera contagiársele. Y ella les blasfema su desprecio con otra retahíla de disparates que formula sin alterar el tono de voz.  No es ella ninguna mendiga, ni una pordiosera, sino una mujer muy digna que se gana la vida y respetada por su oficio. Y ellos ignoran que la hayan ofendido, como ella misma también ignora, a pesar de toda su traza de hechicera, que los antojos del destino confundirán los propósitos de los próceres europeos y que una nieta que todavía no ha sido imaginada se ha atravesado ya con los sueños distorsionados de sus caminos de hierro. No son ellos los que mueven los hilos y el azar es ineludible.  

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